La agresividad en los niños

julio 25, 2016

En realidad, es un estado emocional más, que conlleva sentimientos de ira y odio y deseos de dañar a otra persona, animal u objeto. La agresión es cualquier forma de conducta que pretende herir física o psicológicamente a alguien. Esto se traduce en empujones, golpes, arañazos, pellizcos, patadas, insultos, burlas, amenazas, etcétera.

Todos, en algún momento, sentimos agresividad. Nos diferencia el modo en que cada uno canalizamos esta emoción. Para aprender a encauzarla necesitamos saber qué es un comportamiento agresivo, identificar sus componentes y detectar qué puede favorecerlo.

 

Un comportamiento agresivo es el resultado de ciertas tendencias personales, unidas a factores externos que las activan emocionalmente. La agresividad en los niños puede presentarse de dos formas:

  • Directa: un acto físico como patadas o manotazos o un acto verbal (insultos, gritos o palabrotas).

  • Indirecta: el niño arremete contra los objetos de la persona que ha originado el conflicto o realiza gesticulaciones o expresiones que demuestran su enfado y frustración.

La frustración se da cuando el niño encuentra un obstáculo que no le permite alcanzar un deseo o una meta. No tiene por qué generar agresividad, a menos que el niño experimente una importante emoción negativa al no poder conseguir lo que desea. Que la frustración provoque o no una reacción agresiva también depende de cómo el niño ha aprendido a reaccionar ante las frustraciones y a resolver los conflictos, y de las consecuencias asociadas a las respuestas que el niño da. Las situaciones que con más frecuencia provocan comportamientos agresivos en un niño suelen ser problemas de relación con otros niños, que a su vez le agreden o no le permiten satisfacer sus deseos, y con adultos que  no le dan lo que quiere o le exigen que cumpla unas normas.

Hay factores sociales que favorecen la aparición de conductas agresivas como por ejemplo que la sociedad aplauda la dureza emocional y no permita las expresiones de afecto. O  lo que los niños ven en la televisión, internet o las videoconsolas. A veces un menor puede pensar que un comportamiento violento le dará la atención que no recibe de otra manera.

Algo que es muy importante que aprendan los niños es la tolerancia a la frustración. Cuando un niño con baja tolerancia a la frustración no consigue lo que quiere, se enfada o se entristece excesivamente. Los niños con baja tolerancia a la frustración son más impulsivos e impacientes. Son exigentes;  pueden desarrollar con más facilidad ansiedad o depresión ante conflictos o dificultades y manifiestan pataletas y llanto fácil a menudo. Para evitar esto hay que ponerles límites y decirles “no” cuando es necesario. Hay que ayudarles a expresar sus sentimientos y explicarles que equivocarse es normal. Es importante que aprendan a distinguir entre sus deseos y sus necesidades para que puedan controlar su impulsividad. Fijar límites y metas según la edad y las capacidades del niño puede evitar muchas frustraciones. También es bueno enseñarle a anticipar posibles cosas que puedan salir mal ante situaciones para las que se prepara con mucho entusiasmo, y que prepare una alternativa por si acaso. No hay que acceder a demandas irracionales; no atender ni ceder a peticiones precedidas de rabietas, pataletas y muestras de ira; enseñar al niño a respetar a los demás, sus opiniones, turnos de palabra, sus juguetes, etc. No darle inmediatamente lo que pida; enseñarle que conseguir cosas supone esforzarse; permitirle que se equivoque y hacer que comparta sus cosas con los demás.

Los modelos familiares son importantes, así que si la violencia está en la familia, lo primero que hay que cambiar es eso. Por otro lado, existen trastornos que pueden favorecer la agresividad como son: el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, los trastornos de conducta, el trastorno desafiante y el trastorno explosivo intermitente.

Hay manifestaciones agresivas inherentes al desarrollo de un niño pero ante todo, es fundamental restar importancia a las situaciones de irritación. Los padres no pueden pretender tener siempre la razón. Enseñarles que la agresión física o verbal sólo tiene consecuencias negativas es básico. En medio de una discusión es recomendable parar y contar hasta 10. Si el niño tiene una actitud provocadora no hay que entrar al trapo, sino retirarse, cambiar de actividad o salir a dar una vuelta. Si el menor se muestra agresivo no se debe caer en la tentación de actuar igual que él; porque eso provocará una escalada mutua de agresividad. La indiferencia ayuda a evitar estas situaciones. Y si aún así, no consigue controlar la ira de un menor, acuda a un especialista, como puede ser un psicólogo.


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