Microrelato

julio 25, 2016

Hoy era el día, llevaba meses esperándolo, las listas de espera eran normes desde que se había puesto de moda. Había tenido que renunciar a sus vacaciones en el último año para poder permitírselo. Algunos amigos, y sus padres, no lo comprendían, pero ella estaba deseosa. Siempre había sentido gran curiosidad por las enfermedades mentales, saber qué sentía y cómo pensaba una persona con esquizofrenia, por ejemplo.

En los últimos meses había investigado y se había informado sobre los aspectos neurológicos, psiquiátricos y psicológicos de los trastornos mentales; y cada vez tenía más curiosidad y se sentía mas ansiosa por comprobarlo en su propia piel, o mejor dicho en su propia mente. Había aprendido que la esquizofrenia se caracteriza por alucinaciones, ilusiones, paranoia y pensamiento confuso, y que en esa enfermedad las alteraciones bioquímicas están directamente relacionadas con la dopamina y con variaciones en los niveles de serotonina. Se moría de ganas por vivir las sensaciones experimentadas por un paciente con un trastorno bipolar, en donde la dopamina es uno de los principales neurotransmisores cerebrales implicados.

 

Sabía que en ese estado mental se produce un aumento de la actividad de este neurotransmisor cerebral en las fases de manía e hipomanía. Y que una reducción de la función dopaminérgica podría ser uno de los causantes de la depresión. Había comprendido que nuestro cerebro tiene diferentes neurotransmisores y que requiere un equilibrio de los mismos para poder funcionar correctamente. Y la alteración de ese equilibrio era lo que precisamente ocurría en un trastorno mental. Pero saber todo eso no era suficiente para ella. Lo que no se planteaba era si todo se reducía a bioquímica cerebral.

 

Pero todo esto no cambiaba la idea de querer experimentarlo por parte de Paula. A medida que pasaban las horas estaba más nerviosa. Recibió la llamada de su ex novio, él le pidió insistentemente que no lo hiciese, conocía de cerca las consecuencias nefastas que podían llegar a darse, él mismo lo había experimentado meses atrás, por suerte se recuperó. Le habló incluso de gente que se había vuelto adicta a esa experiencia, ya que al fin y al cabo se trataba de inyectar sustancias químicas o alterar los niveles de los neurotransmisores, que activaban los receptores neuronales; como cualquier otra droga, podía producir síndrome de abstinencia y dependencia.

Existían unas estrictas normas a seguir, si no cumplías con el protocolo, no llegabas a la última fase. Había pasado adecuadamente todos los niveles, el examen médico, la evaluación psicológica… y al parecer eso garantizaba que no corría ningún riesgo, o al menos eso le habían asegurado. Aún si, tuvo que firmar un documento, una especie de consentimiento informado en el que el cliente eximía de toda responsabilidad a la compañía. Mucha gente se había quedado en el camino, decepcionada y frustrada, y el hecho de haber superado el proceso, por un lado le enorgullecía.

 

Su vida en los últimos años había sido monótona, llana, anodina; necesitaba sentirse viva y esto parecía cumplir esa expectativa, excitantes sustancias químicas corriendo por su torrente sanguíneo, descargas electromagnéticas nuevas en su cerebro, vivencias que ni haciendo un gran esfuerzo de imaginación podría llegar a intuir; a ella todo esto le sonaba excitante. Por fin algo nuevo, algo diferente, algo auténtico.

Pero la suerte ya estaba echada. Cogió el metro como todas las mañanas, pero esta vez no era para ir a trabajar. Ya se sentía rara, diferente y aún no había empezado nada. Tardó una media hora en llegar. El recepcionista, le acompañó hasta la planta 5ª. Una mujer con bata blanca la recibió, hasta ahora no la había visto, en cada fase le había atendido una persona diferente. Pero siempre habían sido muy amables y atentos. El corazón le empezó a latir más deprisa. Nada hacía sospechar que en breve le inyectarían sustancias químicas que a través de su torrente sanguíneo atravesarían su barrera hematoencefalica y llegarían a su cerebro; pero eso era justamente lo que iba a ocurrir.

 

Primero proyectaron frente a Paula imágenes agradables que ella misma había seleccionado semanas antes y de fondo sonaba su música preferida. La luz se volvió más tenue y apenas notó un breve pinchazo. Su experiencia había comenzado. Empezó a notar sensaciones nuevas, poco a poco más intensas, era como si sus emociones estuviesen a flor de piel, más fuertes, más evidentes. Progresivamente empezó a experimentar las alucinaciones, auditivas, visuales, gustativas, táctiles, incluso olfativas, todo extrañamente agradable, ya que estaban basadas en sus gustos y deseos; personalmente diseñadas. La dopamina estaba actuando. Pero a continuación, comenzaron los delirios y notó la falta de control, la incertidumbre, la preocupación; un nuevo estado alterado de la conciencia, es decir, su conciencia funcionaba en forma totalmente distinta de como lo hacía anteriormente; los datos eran procesados de otra forma por su mente. En su caso el delirio era de grandeza, elegido anteriormente por ella. Comenzó a tener creencias falsas sobre la realidad externa. No se trataba de una mentira o algo que ella se estuviese inventando, sino, una creencia errónea pero que parecía totalmente real. Experimentar esa idea delirante megalómana era algo fantástico en esos momentos.

Las semanas siguientes las pasó recordando las sensaciones tan fuertes que había experimentado y deseando volver a hacerlo. Estaba tan entusiasmada que pronto comenzó a recomendar a todos sus conocidos este nuevo pasatiempo. Así que llegó el día de nuevo, 3 meses después de la primera vez. De nuevo, había seguido los mismos pasos, por motivos de seguridad el protocolo se repetía, esta vez sus puntuaciones no fueron tan buenas pero resultó apta.

Se dejó caer en el estupendo sillón blanco y todo comenzó de nuevo: sensaciones, emociones, alucinaciones…, lo disfrutó al máximo. En esta ocasión el bono se dividía en dos sesiones, así que al terminar consiguió una nueva cita para tan sólo un mes después.

 

Los días hasta entonces se le hicieron eternos, sólo pensaba en volver a “Experiences”, nada más le interesaba, incluso dejó de salir con los amigos y apenas visitó a sus padres, la ilusión se tornaba en obsesión. Y en este estado llegó a la tercera sesión. Esta vez el pinchazo sí fue notorio y desagradable, se quejó con un leve gemido. Pero aún así no le importó, su ansia de revivir esos estados mentales era más fuerte. Ahora el delirio era de tipo mesiánico, eligió este tipo de delirio porque era totalmente contrario a lo que en realidad pensaba, ya que se consideraba atea. Comenzó a tener pensamientos en los que creía que se le había dado un mensaje proveniente de Dios. En esos momentos pensaba que tenía datos divinos del fin del mundo y de la salvación. Cuando todo terminó volvió a casa con posos de ese tipo de pensamientos, como si algo en su mente o sistema de creencias hubiese cambiado.

 

Días después no podía quitarse ese tipo de ideas de la cabeza, y preocupada llamó a la compañía, pero le aseguraron que se trataba de un breve efecto secundario que en unos días remitiría. Pero no fue así. La idea fue creciendo en su cabeza y solicitó una baja por ansiedad, ya que no era capaz de concentrarse en el trabajo. Sus padres se empezaron a preocupar y recibió la visita de su ex, quién la encontró en un estado bastante lamentable, descuidada, desaseada…, a él no le sorprendió. Le ayudó a asearse y vestirse e inmediatamente la llevó a urgencias. El diagnóstico fue claro, se repetía en los últimos meses en los clientes de “Experiences”, trastorno psicótico. Había ocurrido lo que Paula siempre había descartado.
Fue ingresada en la Unidad de agudos, y dos meses después pasó la Unidad de media estancia, el proceso fue largo pero consiguió recuperarse; o al menos eso creyó ella…

 

 


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